La lucha por la tierra y el agua en el Chaco salteño

La lucha por la tierra y el agua en el Chaco salteño

La lucha por la tierra y el agua en el Chaco salteño
Mapeo. Es fundamental para delimitar las tierras y evitar conflictos. Las cisternas reemplazan a los pozos, muy contaminados. | fundapaz / grasso

Representantes de pueblos originarios, campesinos y ONGs realizaron un foro para revelar la difícil vida de las comunidades de esa zona del norte de Salta.

Nota prensa medio: Diario Perfil

En plena Ciudad de Buenos Aires se escucha: “Ustedes están acá tomando agua de una botella como si fuera algo natural. Bueno, para muchos de nosotros esta escena es de lo más extraña”. Lo dijeron representantes de comunidades indígenas y campesinas del Chaco salteño, en el marco del foro sobre el acceso a la tierra y al agua en poblaciones rurales del Chaco trinacional (argentino, boliviano, paraguayo), que se realizó esta semana en el Hotel Castelar.

Agua y tierra. En Salta, tanto pueblos originarios como campesinos aún deben viajar horas para poder conseguir una canilla con agua potable. El Chaco salteño es una de las zonas más postergadas y eso no es una novedad: el 41% de los hogares no tiene agua, o si tiene, paga por ella hasta ocho veces más que en centros urbanos. A eso se suma que en las poblaciones que cuentan con pozos, las napas tienen gran cantidad de sales y arsénico.

El otro gran problema: la tierra. Históricamente, éstas pertenecen a organizaciones wichis, pero con el tiempo fueron llegando criollos que convirtieron muchas en tierras fiscales o fincas privadas. Lo que fue generando un grave problema de titularidad, del cual la gran mayoría de las veces el Estado se ausenta.

Sin embargo, diversas ONG en la zona, como Fundapaz y Asociana, comentan que las comunidades no se quedan de brazos cruzados. Desde el año 2000, estas organizaciones comenzaron a brindar capacitaciones a líderes de las comunidades para el relevamiento de mapas a través de GPS en zonas en que jamás habían contado con uno.

“Los mapas siempre han sido una herramienta de control y dominio, pero en este caso las comunidades se apropiaron del espacio y lo entendieron, porque son zonas en los que no hay había nada de información”, asegura la antropóloga Chiara Scardozzi.

El mapeo de la zona lleva a comprender a quién pertenecen esas tierras, cuáles son los límites y en qué zonas se carece de abastecimiento de agua.

“El mapeo ha sido una revaloración del territorio. Es una puesta en valor de lo que son y pueden hacer, de lo que saben y lo que tienen. Hay que terminar con el paradigma de la región pobre, ya todos sabemos lo pobres que son”, destaca la antropóloga, quien vivió ocho años con comunidades wichi.

Foro. El encuentro fue organizado por la Fundación para el Desarrollo en Justicia y Paz (Fundapaz) y el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), de la ONU.

En el foro, al que pegó el faltazo el gobernador Juan Manuel Urtubey, tres comunidades presentaron sus experiencias en la resolución de conflictos territoriales y de acceso el agua del Chaco trinacional, gracias a la implementación del mapeo participativo.

“Estos permiten salir de un problema en particular para ver que son problemas de muchos, de la zona, y eso cambia las cosas”, afirma Gabriel Seghezzo, director ejecutivo de Fundapaz.

Desde las comunidades, Rogelio Segundo, cacique de la Misión La Curvita en Santa Victoria Este, departamento de Rivadavia, donde viven 104 familias, narra: “Los ríos están contaminados. Los criollos no delimitan el territorio de pastoreo de los animales, entonces no podemos cosechar. Los pozos de agua tienen más de veinte años y sabemos que tienen arsénico. Pero no tenemos otro acceso. Los niños nacen con malformaciones. Problemas en los dientes”.

Gracias al mapeo en esa zona, promocionado por las ONG, se pudo determinar el acceso a la tierra de pueblos originarios y familias campesinas de un total de 643 mil hectáreas: 400 mil para 71 comunidades indígenas, y 243 mil para 462 familias.

Sin embargo, el Estado no se los reconoce. Por lo cual, Segundo advierte: “El mapa nos sirvió para que cada comunidad sepa hasta dónde era su tierra. Ahora estos mismos mapas los presentamos ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para que le exija al Estado actuar en este caso”.

Este cacique recalca: “Allí tenemos nuestros lugares sagrados. Protegemos las especies. Buscamos terminar con la tala indiscriminada. Ya tuvimos 21 prórrogas por parte de la Corte en los últimos cinco años y sigue todo igual. No nos dan una respuesta”.

La otra zona rural donde se avanzó con el mapeo es en Los Blancos, 300 kilómetros al sur de Santa Victoria Este, cerca del límite con Formosa.

De un lado de las vías, viven las comunidades wichi, y del otro, los campesinos. Comparten la escuela, la sala de salud y la canilla de agua potable del pueblo.

El coordinador zonal wichi, Néstor Montes, quien fue capacitado para el mapeo, brinda un panorama: “Nuestro problema principal es el agua. Hay once comunidades que no tienen acceso. Vivimos con niños bajo peso. Hay mucha deshidratación. Hicimos una cisterna pero no da abasto”.

Por su parte, la secretaria zonal campesina de Los Blancos, Rebeca Soraire, agrega: “Nosotros los campesinos jamás nos vamos a sentir de igual a igual. El mapeo nos mostró la gravedad de nuestra propia situación, ya que por ejemplo de 130 familias de la comunidad, 120 tenían problemas de tierra, y todas estaban sin agua”.

“Nosotros también somos parte del país”

“No nos queremos morir acarreando agua”, afirma con total soltura y fuerza Rebeca Soraire, secretaria zonal campesina de Los Blancos, quien todos los días pedalea dos horas en su bicicleta desde la zona rural hasta el pequeño poblado para hacer la fila diaria y llenar su botella en la canilla de agua potable del centro urbano. “Muchas veces aprovechamos cuando nuestros chicos están en el colegio para cargar los bidones y después volver”, dice. Del foro también participaron el ministro de Asuntos Indígenas y Desarrollo Comunitario de Salta, Luis Gómez Almarás, y la subsecretaria nacional de Hábitat y Desarrollo Comunitario, Marina Klemensiewicz, quien aseguró que “el gobierno nacional está invirtiendo 3.200 millones de pesos en infraestructura en la provincia de Salta, y la mitad del total está destinado al Chaco salteño”. Pero Rebeca reclama “más presencia del Estado. Nosotros también somos parte del país. Estamos cansados de promesas”. Los organizadores del foro fueron la Fundación para el Desarrollo en Justicia y Paz (Fundapaz) que desde 1973 trabaja por el desarrollo rural sustentable con comunidades indígenas y campesinas en la región del Chaco argentino, y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), una agencia de Naciones Unidas.

Criollos e indígenas, en sus tierras

Debate

Criollos e indígenas, en sus tierras

Carlos Reboratti

Carlos Reboratti

Carlos Reboratti

Uno de los grandes problemas de nuestro país es la existencia de grandes fragmentos de tierra cuya propiedad es sujeto de disputas y controversias, y dentro de ellas las más complejas son las que se producen en tierras fiscales, en su mayoría ubicadas en áreas de ambiente difícil y social y económicamente marginadas del proceso de desarrollo. Dentro de este panorama, un hecho aparece como singular: este 26 de mayo, el gobierno de la provincia de Salta realizó una ceremonia en la comunidad de La Merced, a pocos kilómetros de Santa Victoria Este, donde se entregaron escrituras de tierra a productores ganaderos criollos del chaco salteño.

Esta pequeña noticia esconde algo de gran importancia: la culminación de uno de los más grandes procesos en el país de regularización de tierra fiscal a favor de comunidades indígenas y criollas: 643.000 hectáreas de los llamados lotes 55 y 14 del Departamento Rivadavia de esa provincia, una superficie 20 veces más grande que la ciudad de Buenos Aires donde viven 9.000 indígenas en más de 72 comunidades y 5.000 criollos.

El problema comenzó en los primeros años del siglo XX, cuando un grupo de ganaderos salteños ocupó las tierras hasta el momento habitadas por varias etnias aborígenes, la mayor de las cuales era la Wichi pero también Chorote, Tapieté, Chulupí y Toba. Los criollos ganaderos llegaban atraídos por la existencia de enormes pastizales, hoy prácticamente desaparecidos, reemplazados por un bosque empobrecido. Durante más de cien años, criollos e indígenas convivieron en una incómoda vecindad, mientras que nadie parecía interesado en regularizar una situación que se tornaba cada vez más difícil y donde ambos grupos competían en un proceso de degradación del bosque original.

La Constitución de 1994, al darle derechos formales sobre la tierra a los grupos indígenas, hizo revivir el conflicto latente que desembocó en 1998 en una denuncia de Lhaka Honhat, una asociación que nuclea a las comunidades, ante la Comisión Interamericana de Derecho Humanos, acompañada por Asociana y patrocinada por el CELS, proceso que continúa aún sin resolución. Poco después se unieron a los reclamos por la tierra otras ONG, entre ellas Fundapaz, que entendieron que el proceso de negociación, para que no terminara en una solución de “suma cero”, debía incluir tanto a indígenas como a criollos, y que la llave para el fin del conflicto estaba en que ambos grupos entablaran un diálogo, cosa que hasta el momento no se había producido y también que ambos adquirieran conciencia del territorio que habitaban. Jugó allí un papel fundamental la construcción conjunta de un mapa, producto de miles de puntos georeferenciados en el territorio donde se ubicaron cada uno de los grupos indígenas y cada una de las familias criollas con sus respectivas áreas de uso, ubicación de puestos, caminos y aguadas.

Del diálogo surgió la propuesta de dividir el extenso territorio en dos partes, una que se otorgaría en forma de propiedad comunitaria a los indígenas, mientras que la otra se daría en propiedad individual a las familias criollas, usando como criterios básicos la acreditación de sus derechos históricos, los lugares de uso tradicional, la cantidad de ganado y el accesos a los ríos. Por su parte la provincia de Salta, participante necesaria del diálogo, fue validando el proceso a través de diversos instrumentos legales como decretos de pre adjudicación, acreditación formal de derechos y reconocimiento de comunidades, a la vez que creaba una Unidad Ejecutora Provincial en el lugar. Con financiamiento de la Nación, la Provincia también se encarga de la mensura de las tierras, de los costos que significan algunas relocalizaciones de familias criollas fruto de los acuerdos y de obras de infraestructura básica como agua, caminos y escuelas, hasta la formalización de la entrega de las tierras, como lo demuestra la ceremonia de entrega de títulos.

Ante autoridades provinciales, nacionales, organizaciones indígenas y criollas del lugar se entregaron las primeras 42 escrituras finales por una superficie de unas 25.000 has. Un buen comienzo para un proceso que culminará en poco tiempo más con la entrega de la totalidad de estas tierras, donde indígenas y criollos podrán convivir en armonía. Este hecho está indicando que en el país los conflictos pueden solucionarse con el diálogo, siempre y cuando los participantes tengan la voluntad de hacerlo y la sociedad toda genere las condiciones para que dicho diálogo llegue a buen término.

Carlos Reboratti es geógrafo (UBA), Investigador del Conicet y presidente de Fundapaz

https://www.clarin.com/opinion/criollos-indigenas-tierras_0_BJbwFz0bZ.html

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